Personal

El revés y el derecho: Iñaki Azkuna

Esto es lo que le escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

Adiós, alcalde, y gracias – Por Juan Manuel Bethencourt

Sobrecoge, querido Juan, la despedida del alcalde Iñaki Azkuna, regidor de Bilbao, fallecido el pasado jueves tras una larga batalla contra el cáncer: “Gracias a todos por haberme ayudado y soportado”. No, querido alcalde, gracias a ti. No se me ocurre otra respuesta, ya no de los propios vecinos de la capital vizcaína, sino del municipalismo español en su conjunto. La dimensión política y humana de Azkuna alcanza dimensión internacional, no en vano fue galardonado hace unos meses como el mejor alcalde del mundo, reconocido por una organización internacional que evalúa la gestión municipal en las urbes del planeta. Médico de profesión, Iñaki Azkuna fue un político nacionalista que hizo de su condición cosmopolita una herramienta para cambiar la faz de una ciudad sin dejar de respetar su esencia. Y eso es gobernar, querido amigo: partir del pasado para mejorar el presente y construir el futuro. Bajo su mandato, Bilbao experimentó la transformación que sólo un soñador indomable es capaz de hacer realidad. Su éxito fue, en primera instancia, tener una visión y ser capaz de comunicarla, de convencer por tanto a sus conciudadanos, de modo que fuera esa acción colectiva la generadora de un cambio que hoy está a la vista. Azkuna se definía como un vecino más, pero era mucho más que eso: era un agitador, porque no entendía otro modo de concebir la gestión, siempre adelante, siempre intentando mejorar, asumiendo riesgos. Fue, por otro lado, un gran hombre, una persona cercana y bondadosa, un verso suelto en el mejor sentido del término, porque, siendo como era uno de los baluartes del PNV, nunca se anduvo con medias tintas respecto a la violencia de ETA y sus secuaces totalitarios. Recuerdo ahora algunas conversaciones que tuve contigo respecto a su figura y su legado. Y recuerdo una cena con mi familia en su restaurante predilecto, La Viña, cuyo propietario, Abelardo García, me habló también sobre la grandeza cercana del alcalde Azkuna. Por cierto, creo que fue la mejor cena de mi vida.

Una persona muy especial – Por Juan Cruz

Quisiste llevarlo a La Laguna; no pudo ser, Juan Manuel. Y lamento muchísimo que no lo hayas conocido. Hay personas así en la vida y entre los que hacen política y servicio público. El jueves por la noche murió Iñaki Azkuna, el alcalde de Bilbao; transformó su ciudad, y la hizo como él, abierta, alegre y exigente; fue directo y simpático, sincero y comprometido. Hasta el último suspiro de su vida trabajó a favor de los demás, hizo de la amistad una bandera cordial y no dejó nunca de cumplir los dictados libres de su conciencia. Se despidió de sus amigos cuando estimó que su barco estaba partiendo. Una persona muy especial cuya vida pesa con un valor imponente. Quisiste saber de él, conocerlo, hacer que su experiencia fuera compartida por tus colegas y también por los ciudadanos de La Laguna. Ya sabes que la vida tiene estas pautas marcadas, y a él una mala salud le sobrevino muy pronto, en seguida que se murió su mujer, con la que, como decía, tanto discutió y a la que tanto quiso. El último sábado me llamó por teléfono, para despedirse. Jamás había tenido una llamada así; me habló del barco que se iba, de la vida más allá, del rape que íbamos a comernos en ese futuro nebuloso, como aquel rape que tú mismo comiste en el que fue su restaurante favorito, La Viña de Henao. Tenía un gran amor a la vida; jamás se dio por vencido, ni espiritualmente ni intelectualmente, aunque aquel cuerpo le mandaba las señales que finalmente ya la cegaron los días en la víspera de la primavera. Lo quise mucho, era un hombre verdaderamente excepcional, uno de mis mejores amigos, de esos en los que piensas cuando sabes que tu soledad puede tener una puerta abierta de salida.

El revés y el derecho: Iglesia y ejemplo

Esto es lo que me escribió Juan Cruz, y seguidamente mi respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos del pasado 16 de marzo.

La Iglesia y los otros – Por Juan Cruz

Ignoro si eres religioso, católico o no, y no te lo voy a preguntar, querido Juan Manuel. Nunca tuve interés en indagar sobre esas intimidades de la gente, pero te adelanto que desde adolescente algo debió suceder que me alejó por completo de la religión pero no de los religiosos. Tengo un enorme afecto por muchos de los que he conocido, sobre todo en los tiempos de la iglesia católica más o menos revolucionaria del Madrid de los años ochenta, cuando los sacerdotes afianzaban su compromiso público por la democracia y por el acercamiento a la sociedad en sus estamentos más humildes. Fui amigo del que luego sería obispo de Las Palmas, monseñor Echarren, y frecuenté mucho al cura Iniesta, que era un obispo muy especial. Fui también cercano al jesuita Díez Alegría, al que conocí en Tenerife, en casa de un doctor pariente suyo, el médico Bueno, que además era buenísimo. Ahora sigo con mucho interés las novedades que ha aportado a la actitud de la Iglesia el papa actual, Francisco. Leí el otro día una crónica excelente de mi compañero Francisco Peregil, desde Buenos Aires, en la que un grupo de amigos de siempre del pontífice expresaba de manera sencilla y honda de qué manera aquel sacerdote se comportaba en tiempos de menor compromiso público, y hasta qué punto la alegría y el humor siempre formaron parte de la sencillez de la amistad que compartieron. Ignoro si este papa hará que algunos dogmas, que no fueron dictados por Jesucristo sino por la jerarquía, se reformen y queden obsoletos; pero hay algo de su actitud que ha sido un aire fresco en ese devenir a veces tan sombrío de la Iglesia, representada aquí, por cierto, por un cardenal bien sombrío, el hosco cardenal Rouco. Creo que la sencillez de Francisco, que lleva un año en el pontificado, no sólo tiene efecto sobre los católicos, sino que llama la atención contra tanta solemnidad vacía como la que gobierna religiones, sectas, empresas, personas y entidades. ¿No te parece? Como decía mi madre, una sencillez es muy bonita.

El liderazgo jesuita – Por Juan Manuel Bethencourt

Tampoco me sorprende, querido Juan, el torrente de elogios recibidos por el papa Francisco en su aún breve mandato sobre la Iglesia católica, de la que, por cierto, soy miembro. Estamos no ante un revolucionario, sino ante un reformista, un reformista al estilo jesuita. Ya resulta novedosa su condición, al tratarse del primer integrante de la Compañía de Jesús que alcanza el obispado de Roma, algo que puede entenderse como una anomalía dado el papel, muchas veces incómodo a ojos de la curia, desempeñado por una institución con siglos de experiencia en el ámbito de la educación en los cinco continentes. Ahí citas, con acierto, el ejemplo del cura Díez Alegría. El liderazgo al estilo jesuita se resume, entiendo, en cuatro principios: todos somos líderes y dirigimos todo el tiempo, bien o mal; el liderazgo nace de adentro, determina quién soy y cómo lo hago; el liderazgo no es un acto, es una vida, una manera de vivir; y, finalmente, es una tarea que no termina nunca, se trata de un proceso continuo. La aportación de Francisco es recoger este legado, y ejemplos tiene de sobra, comenzando por el que será segundo santo canario, el también jesuita y lagunero José de Anchieta, que el papa conoce a la perfección. La osadía de Francisco, su modo de cultivar el concepto tan jesuítico del magis, del ir a más, contrasta en efecto con aquellos que, como el cardenal Rouco, contemplan la evolución de nuestra sociedad con temor y optan por el inmovilismo. Sé que Francisco cambiará cosas en el devenir de la Iglesia, y sé también que decepcionará a aquellos que quieren un Papa ateo, pues esa contradicción pende latente de tantos elogios. Aprecio, finalmente, su perenne sonrisa, que con frecuencia deviene en limpia carcajada. Desde hace años pienso que en las altas esferas de este mundo, desde la política a la economía pasando por el liderazgo religioso, falta sentido del humor en la misma medida que sobra frivolidad. He aquí un líder capaz de sentir, sufrir y reír. Verdad, amor y simplicidad, querido Juan.

El revés y el derecho: el carisma, cara y cruz

Esto es lo que le escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

Los riesgos del carisma – Por Juan Manuel Bethencourt

No hay nada más peligroso que suceder a un carismático. Estos personajes son poco convencionales y su gobierno es de estilo personal y está marcado por el desvarío de sus personalidades. Con frecuencia dejan caos tras de sí. La persona que le sigue encuentra un desastre que, sin embargo, la gente no ve. Han perdido a su inspirador y culpan a su sucesor”. Esta reflexión, querido Juan, corresponde a Robert Greene, un ensayista que hace década y media hizo cierta fortuna literaria como teórico del poder en sus diferentes manifestaciones. Cae ahora en mis manos en uno de esos procesos de relectura ocasional que bien conoces, y me conduce directamente a Venezuela, país hermano que vive en la actualidad una situación, efectivamente, caótica. Me lo dijo hace dos años un amigo canario-venezolano confiscado por el anterior mandatario: “¿Hugo Chávez? Nos ha hecho mucho daño, a mi familia le ha quitado todo, el trabajo de mi padre durante décadas, pero le reconozco su talento. Si gana las elecciones es por algo. Me preocupa el futuro, lo que viene detrás, porque es mucho peor”. Nicolás Maduro, el sucesor del carismático militar-presidente, intenta aplicar la misma épica de la resistencia en un país donde el descontento se dispara por la escasez lacerante de bienes básicos. Y lo hace de un modo tan chabacano que ha despertado a la calle, a su vez azuzada por otro carismático de nuevo cuño, pero este de orientación política opuesta. La detención de Leopoldo López supone el encumbramiento como estrella de este alcalde joven y de óptimas credenciales -economista de Harvard, deportista, excelente orador- para consolidarse como gran amenaza opositora al régimen que torpemente trata de sostener el chavismo sin Chávez. Tengo que añadir, no obstante, que me rechina el estilo redentorista del carismático López. Una gran colisión, que no transición, entre pasado y futuro está a punto de producirse en las calles de las ciudades venezolanas. Y las impresiones que tengo no son buenas.

Es mejor que no haya – Por Juan Cruz

Ya sabes lo que pienso de la exacerbación de las patrias; la ultraderecha las quiere para ellos. Ya ves a los Le Pain en Francia, a Berlusconi y a los suyos en Italia, a los ultraderechistas del mundo, que quieren poner pinchos en sus fronteras para que se hieran los débiles que tocan a la puerta. A ese concepto ultraderechista de la patria como elemento vertebrador de la reacción internacional contra los seres humanos que nacieron fuera de sus fronteras y aspiran a integrarse en sociedades más interesantes para su porvenir que aquellos lugares de miseria de donde proviene, se junta ahora, como se juntó siempre, la figura del líder carismático. Ocurre en ese ámbito del racismo y la xenofobia y se da también en otras zonas de la vida de los países. Hitler fue un líder carismático, que actuó contra la raza judía levantando una bandera cuya defensa se hizo a base de matanzas horribles. Franco fue un líder carismático que los suyos siguieron por el carisma que para ellos representaba, aunque muchos se burlaban (y nos burlábamos) de los aspectos más débiles de su personalidad repulsiva. En la época de Franco se dibujaba la figura de un carisma, el de Fraga, que explotó hasta la parodia las facultades que él creía que le iban a dar satisfacciones en la era democrática. Y tuvo que irse a Galicia, porque era un cacique que allí podía mostrar intacto el carisma que sólo se alimenta en sociedades cerradas y agrícolas. Luego tuvimos a Aznar, en la época democrática; sus errores se juntaron a su ansiedad de carisma. Le dijo a Pedro J, según contó Pedro J, tras el atentado que ETA perpetró contra él: “¿Y ahora qué, al fin tengo carisma?”. El mejor carisma es el que no existe. En nombre del carisma se cometen errores que a veces ponen en peligro la convivencia de los pueblos. Y sí, esos ejemplos que pones están muy bien puestos. Lo que pasa es que hay gente que no pierde la ocasión de decir que el carisma es el aura de los héroes. Y no son héroes, son fantoches en busca de carisma.

El revés y el derecho: la amistad

Esto es lo que me escribió Juan Cruz, y seguidamente mi respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos del pasado día 2.


Un amigo – Por Juan Cruz

El aire de Los Cristianos es benéfico. Como el salitre, la arena suave, las noches. Una de esas noches, hace mil años, en mi adolescencia, un ataque de asma, de los numerosos que me afectaban entonces y que aún ahora siguen amenazando cada vez que se tuercen el tiempo o el ánimo, ocurrió allí, en medio de ese aire benéfico de Los Cristianos. Y ni el flujo de esa extraordinaria atmósfera que combina el mar en la noche pudo sacarme de ese torbellino de respiraciones que convierten en agonía el arte de respirar. Jamás me he podido olvidar de esa noche ni de la persona que me acompañó mientras se iba produciendo ese trance que parecía eterno, inacabable, terrible. Esa persona era un amigo, Carlos Tomás Pérez Méndez, acaba de morir. Él y su hermano Juan Antonio, y sus padres, doña Isabel y don Antonio (Antonino), me acogieron algunos veranos en su casa de la avenida de Suecia. Por amistad, no había otra circunstancia, ni familiar ni de otro tipo, sólo por amistad me invitaron a estar con ellos. Aquella fue una de las muchas noches que viví allí, respirando el aire benéfico de Los Cristianos que se me torció esa noche. Como si él intuyera que yo vivía un trance peligroso que requería compañía, Carlos Tomás se quedó en la azotea, a mi lado, silencioso, yendo de acá para allá, esperando que pasara el ahogo. Y mientras éste duró yo sentí su respiración como un apoyo de la mía. Luego han pasado los años y las noches, y durante toda mi vida he sentido gratitud hacia esa familia, porque aquellos días, aquellas semanas y aquel tiempo, su cercanía fue un poderoso apoyo para seguir andando en un mundo que con frecuencia necesita tanto el latido de la amistad como el latido del aire. Ahora que él ha muerto, querido Juan Manuel, quisiera que compartieras conmigo este tributo de amistad y de gratitud.

Nunca piden nada y siempre dan – Por Juan Manuel Bethencourt

Me ha conmovido, querido Juan, ese homenaje a tu amigo Carlos Tomás, recientemente fallecido, tu auxilio de aquella noche seguramente interminable en una azotea de Los Cristianos. Es lo que lo hacen los amigos, estar cuando se les necesita. Un antiguo proverbio dice que la vida de un hombre está incompleta a menos que, o hasta que, haya probado el amor, la pobreza y la guerra. Esto en realidad lo escribió en 2004 Christopher Hitchens, acaso el mejor periodista británico de último medio siglo, y un escritor gigantesco de quien sólo tuve noticias hace poco, meses antes de su fallecimiento. Luego descubrí que habías escrito mucho y bien sobre Hitchens, aunque nunca lo habíamos comentado, y quiero añadir hoy que el incansable polemista debió incluir a la amistad como un cuarto y raro elemento capaz de definir el carácter de todo ser humano. Porque si el amor es una piedra preciosa que, cuando aparece, es necesario pulir cada día, la amistad está hecha de una aleación sutil, un metal resistente y sin embargo flexible, liviano cuando debe serlo, desprendido siempre. Puedo considerarme afortunado al respecto, y viene al caso recordarlo en un día como hoy, asociado con el jolgorio anual de nuestro Carnaval y el recuerdo de una pandilla de amigos, la mía, que entre el baloncesto y la Universidad configuró un vínculo alegre, sincero y duradero. Manuel Luis Hernández, que creo que es mi mejor amigo desde hace casi dos décadas y media, es un tipo con el que a veces hablo poco, porque la vida y las ocupaciones conducen a cada cual por vericuetos diversos. No obstante somos capaces de retomar la charla con idéntica familiaridad, pues sabemos que en cualquier caso hay que cumplir con esa sencilla estrofa de Soy un corazón tendido al sol, la maravillosa canción de Víctor Manuel: “Aunque soy un pobre diablo sé dos o tres cosas nada más; sé quiénes son amigos de verdad, nunca piden nada y siempre dan”. Un abrazo, buen amigo, y mis condolencias por esa pérdida irreparable.

El revés y el derecho: las leyes educativas

Esto es lo que le escribí a Juan Cruz, y seguidamente su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

Educación; basta de historias – Juan Manuel Bethencourt

Lo que considero una tragedia, querido Juan, es la incapacidad que este país nuestro muestra para considerar al modelo educativo como un asunto de necesaria condición estructural. ¿Qué quiero decir con esto? Que cada gobierno, sea del PP, sea del PSOE, ha optado por aplicar la reforma correspondiente de las leyes de educación atendiendo no a parámetros de eficiencia y calidad, sino a la etiqueta ideológica correspondiente. En este páramo de irresponsabilidad es cierto que han surgido excepciones, como la de tu amigo Ángel Gabilondo, un hombre sabio que se empeñó, pero de verdad, en producir una legislación integradora, genuinamente reformista, arriesgada en la medida que se apartaba de una política, la ejercida por el presidente Rodríguez Zapatero durante ocho años, no precisamente conciliadora. Escribo estas palabras horas antes de acudir al acto de reapertura de la Catedral de La Laguna, con presencia, que se espera ruidosa, del ministro de Educación, José Ignacio Wert. Considero que el responsable estatal de Educación, uno de los integrantes del Gobierno de Rajoy con mejor currículo profesional, ha perpetrado con la LOMCE una involución en toda regla para el sistema educativo español, marcado por esta insana oda al recorte que ha marcado la labor del Ejecutivo central desde el triunfo del PP en los comicios generales de 2011. Así que hay dos vicios fundamentales en la nueva normativa, una de contenido y otra, creo que incluso más grave, de método. Un esquema que se aleja de la igualdad de oportunidades, sea de derechas o de izquierdas, va justo en contra de la dirección que recomienda una sociedad moderna, capaz de progresar y competir en eso que llaman el mundo globalizado. Pero es en el otro apartado, el del estilo político, donde se demuestra la falta de altura de nuestros gobernantes. Termino apelando al título del excelente ensayo escrito por un pensador tan liberal como el argentino Andrés Oppenheimer: hagan una ley educativa duradera; y basta de historias.

La mezquindad política – Juan Cruz

Asistí este fin de semana, querido corresponsal, a un acto que me interesaba como periodista, como antiguo estudiante y como ciudadano. Era la despedida como catedrático de Ideas Políticas de la Universidad Complutense de un extraordinario historiador, José Álvarez Junco, el autor de Mater dolorosa, el mejor libro español reciente sobre el siglo XIX. Me interesaba como periodista porque la clase de despedida de un maestro tiene un componente sentimental y docente de alto valor noticioso. No hay tantos maestros verdaderos, y Junco lo es; por tanto, ver cómo dice adiós era para mí sumamente interesante. Lo hizo con sencillez, explicando la importancia del Estado a un grupo de estudiantes de varias nacionalidades, en una sala amplia y entonces bien iluminada, sentado sobre una mesa de formica, y andando a veces hacia una pizarra verde donde escribió las palabras fundamentales (Legalidad, entre ellas) de lo que iba diciendo. A él le hizo gracia (lo dijo cuando empezó esta última clase) que hubiera empezado su historia como profesor, hace medio siglo, hablando de las virtudes del anarquismo y acabara explicando la importancia del Estado. Me interesaba como periodista, y así lo conté. Pero también me traía evocaciones de mi época de estudiante (cuando escuchábamos entusiasmados al maestro Emilio Lledó en La Laguna) y fue muy importante para mí escuchar (antes de la clase propiamente dicha) sus reflexiones como ciudadano. Él me dijo, en la conversación que tuvimos en el comedor de la Facultad de Políticas, que su generación, que es en cierta manera la mía (me lleva siete años, nada), ha fracasado en la construcción de una Universidad moderna. ¿Por qué? Por la mezquindad universitaria, porque se forman alumnos para que luego se integren en los clanes, para que se perpetúe la endogamia que ha impedido el crecimiento autocrítico de la Universidad. Tú glosas otro aspecto del fracaso de la enseñanza en España: la mezquindad política. Por azares de mi vida periodística, yo viví en primer plano ese portazo del PP a las aspiraciones de Ángel Gabilondo. Le dijeron que no al pacto por puros y espurios intereses electorales. Tienes razón. Como decía mi madre, tienes razón “pero vas preso”.

El revés y el derecho: sobre Jerónimo Saavedra

Esto es lo que me escribió Juan Cruz, y seguidamente mi respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

El melómano en su sala – Por Juan Cruz

No sé si te he contado de una colección que cultivo: fotos de adversarios capaces de llevarse bien. En esa colección se repite con frecuencia un personaje, Jerónimo Saavedra. De hecho, la colección se abrió con una foto en la que él aparece riendo con Manuel Hermoso, el personaje fundamental de tu partido, Coalición Canaria, que le arrebató el Gobierno al dirigente socialista canario. Pues esa fotografía se hizo algo después de ese forzado relevo. Después lo he visto fotografiarse, riendo también, con otros oponentes de alta alcurnia política, en Canarias y fuera de Canarias. Ese es el talante de Saavedra, dejar a un lado su manera personal de ver las cosas y la política, y prestarse siempre a posar y a trabajar (y a reír, que es una manera de compartir) con aquellos con los que no comparte ideas políticas. Para mi ese es uno de los rasgos más importantes de su personalidad. Y como lo aprecio en alto grado figura en lo más granado de esa colección fotográfica de la que te hablo. Ahora los actuales dirigentes canarios, con Paulino Rivero a la cabeza, han mostrado hacia él ese afecto que él derrama hacia los otros, y le han dedicado una sala importante del Auditorio Alfredo Kraus, en el marco del Festival Internacional de Música de Canarias. Seguro que para este melómano, cuya presencia en festivales es la de un profundo conocedor de la música, este agasajo habrá sido de la mayor importancia sentimental, pues en Saavedra lo sentimental y lo vivido son elementos indisolubles de su manera de ser. Aunque parezca socarrón y distraído tantas veces, la suya es una manera de ser rabiosamente humana, profunda y diligente, y la música le ha ayudado a ser así. Él promovió este festival y aquel auditorio, e hizo de su ambición cultural una raíz y un objetivo de sus gobiernos. Que los que mandan ahora se lo reconozcan me parece que merece formar parte de esa colección en la que en seguida voy a colgar esta fotografía de ahora.

Ideas y acción, esa necesidad – Por Juan Manuel Bethencourt

Sentida y sincera reflexión, querido Juan, esta que expones sobre la figura y talante de Jerónimo Saavedra Acevedo, un político marcado por un estilo acorde con la etapa, apasionante, que le correspondió protagonizar, la que va del final de la dictadura a la transición democrática y de ahí a la consolidación del autogobierno vía modelo autonómico surgido de la Constitución de 1978. Pero no quiero remontarme de nuevo al entusiasmo nostálgico, sino centrarme en algunos argumentos que me parecen válidos para el momento presente. Saavedra siempre ha sido un excepcional conversador, y guardo con él una óptima relación desde hace más de dos décadas. Como político, creo que sus mejores logros llegaron en el terreno discursivo, es decir, que su gran aportación a la política canaria ha venido de la mano de las ideas, casi en las antípodas de un adversario y breve socio como Manuel Hermoso, hombre de acción con capacidad para conectar con el ciudadano medio. Yo, que soy cargo público pero que obviamente no soy un buen político, sí me precio de entender que la política con mayúsculas es siempre la adecuada combinación entre ideas y acción, camino pedregoso como pocos, pues este esfuerzo doble encierra múltiples trampas por el camino. La realidad siempre acude para ponernos aprueba, y los políticos de hoy nos vemos sometidos por una dinámica perversa: exhibimos movimiento permanente con el objetivo, por lo general baldío, de mitigar, y también disimular, nuestra manifiesta incapacidad para entender el mundo de hoy. Creo que Saavedra cometió un error estratégico al renunciar al legado del PSOE canario como impulsor principal del autogobierno, sucumbió a la comodidad del sucursalismo e hizo con ello un enorme favor a su principal adversario, es decir, a los nacionalistas. Ahora nos corresponde a nosotros entender que un buen nacionalismo moderno tiene tareas a las que simplemente no puede renunciar. Te digo tres: cohesionar Canarias, modernizarla e influir en España. Dentro de España, claro.

El revés y el derecho: Pedro Zerolo

Esto es lo que le escribí a Juan Cruz, y seguidamente su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

La adversidad, esa maestra – Juan Manuel Bethencourt

Qué cierta es esa afirmación según la cual, querido Juan, nada enseña tanto como los momentos de dificultad. Bien lo saben hoy millones de conciudadanos, sometida como está España (y Canarias) a la adversidad hecha crisis económica, con sus dramáticas consecuencias. También es cierto que hay distintos modos de afrontar la vida cuando vienen mal dadas, se puede sucumbir a la desesperación o afrontar los hechos con la determinación de quien busca salir adelante e incluso aprender de la experiencia. Estos casos, todos conocemos alguno cercano, definen a las personas modélicas, gente a la que nos gustaría parecernos por muchas diferencias que podamos encontrar en otros ámbitos de la existencia. Uno de los mayores desafíos que afronta el individuo moderno es sin duda el encuentro con la enfermedad. Supone, casi con independencia de la edad que uno tenga un choque brutal con la idea de la propia supervivencia, con la certeza de la finitud, que no se aborda igual desde el relativismo del buen estado de salud que cuando la amenaza se concreta en dolencia precisa y siniestra. Un amigo común, el político lagunero-madrileño Pedro Zerolo, hizo público esta semana el inicio de su batalla contra un cáncer indeterminado que le obliga a un duro tratamiento. Es este un proceso que define a las personas, a su calidad integral, como pude comprobar desde cerca en el caso de un compañero concejal, mi gran amigo Miguel Ángel, quien nos dio una lección a todos con su comportamiento durante una larga convalecencia felizmente exitosa. Tengo a Pedro Zerolo, hijo de pintor y alcalde, como esa clase de persona acostumbrada a luchar por aquello en lo que cree, y por tanto como un rebelde con causa, en su caso la igualdad de derechos entre los ciudadanos con independencia de su orientación sexual. Esta, entre otras muchas que definen su perfil como hombre público y demócrata. Vaya desde aquí mi reconocimiento y los mejores deseos para su pronta recuperación. Y a seguir luchando.

La dignidad y la política – Juan Cruz

Tengo un enorme respeto por la política, querido Juan Manuel; entiendo las razones por las que ahora ese ejercicio de la responsabilidad ciudadana, que tú mismo has asumido, esté en entredicho, pues son muchos irresponsables (como los hay en nuestro propio oficio periodístico, o en otros ámbitos) los que han hecho mal uso, un uso corrupto, de esa servidumbre pública. Pero sí, me produce un enorme respeto la política. Entre nosotros hemos tenido muchos ejemplos de esa dignidad en el desarrollo del viejo oficio; recuerdo, por ejemplo, al gran Alberto de Armas, que sacrificó una extraordinaria carrera profesional, y una emocionante dedicación humana, a su familia, a sus enfermos, para dedicarse a los otros desde la esfera de lo público. Emocionante de veras, ejemplar. Y en ese renglón está sin duda, y me alegro que lo cites, Pedro Zerolo, que de manera tan altruista y arriesgada asumió un día la obligación civil para luchar a favor de la igualdad en España, cuando se tomaban a burla los supuestos de su dedicación. Este es un país racista, clasista y burletero, me refiero al nuestro también, al de nuestro terruño. Un país homófobo y difícil, ya sabes. Pues él arrostró con gallardía todas las maldades, y mira la obra que ha llegado a hacer; gracias a su trabajo, en gran parte, España es ahora un espejo de las libertades y de la igualdad en el mundo. Seguro que se pone bien en seguida y lo tendremos otra vez dando guerra, pues de casta le viene al galgo. Y ya que hablamos de políticos y de su dignidad, un solo apunte más, querido amigo, que tiene que ver con una preocupación que sabes que siento de antiguo: ¿cómo es posible que día tras día se siga denigrando entre nosotros la figura de unas personas que se dedican a la política, cómo es posible que se siga permitiendo que se les veje a diario con la anuencia pasiva de quienes tendrían que pensar que cuando eso ocurre no se está denigrando tan solo a unas personas o a sus oficios particulares?

El revés y el derecho: el futuro de Bajamar

Esto es lo que me escribió Juan Cruz, y seguidamente mi respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

Ay, Bajamar – Por Juan Cruz

Hay una vieja anécdota, querido amigo invisible (¿por qué han inventado eso del “amigo invisible” para comprometer a alguien a hacerte regalos en Navidad?, ¿es que no era mejor tener padrinos?), que no me resisto a contarte para hablar de Bajamar, nuestra querida y linda población costera. En cierta ocasión el humorista José Luis Coll llegó a la tertulia que compartía con otros artistas en el Café Gijón de Madrid. Venía sorprendido de lo que había descubierto, y antes de sentarse exclamó sobre su último hallazgo:
- Estuve esta mañana en El Escorial… ¡y es cojonudo!
Obviamente, El Escorial estaba allí desde hacía siglos, pero él había sentido que se había construido esa mañana mismo, y lo contaba como un niño (él era un niño, y un niño malo a veces) que hubiera descubierto un juguete. Pues algo parecido me pasó (o me volvió a pasar) el otro día en Bajamar, adonde fui por si te veía, pues tus ocupaciones actuales podían situarte muy bien por allí. No estabas, claro, pero estaba Bajamar. Y, como diría entonces Coll de El Escorial… ¡es cojonudo! Me entretuve contemplando las olas extraordinarias; y disfruté viendo desde Bajamar el majestuoso mar de la Punta del Hidalgo, que baña con una solemnidad irreal uno de los litorales más hermosos y salvajes de nuestras islas. También pude disfrutar de la consecuencia de todo ello: el aire, el aire que se nutre del sabor ancestral de las montañas y de la atmósfera siempre renovada de ese litoral tan airoso.
Fue un rato de enorme emoción; fui mucho a Bajamar en mi juventud (en busca de amigos, de Alberto Omar y Sol Panera a Gregorio Salvador, Antonio Padilla, Julia de Felipe, Ramón Trujillo o Elfidio Alonso, cuando Los Sabandeños se inventaron en la Punta, en el entorno de El Abogado). Fue, entonces, un emporio veraniego, había hoteles y nos demandaban los bares, algunos espléndidos guachinches. Ahora encuentro que La Laguna no tiene muy en cuenta Bajamar, que ese lugar que podría sido nuestro Cadaqués está bastante dejado de la mano. La belleza, claro, está ahí. Pero encuentro a faltar la mano de la Administración haciendo que sea posible, otra vez, decir de Bajamar lo que Coll decía de El Escorial.

Un espacio emergente – Por Juan Manuel Bethencourt

Resulta bien extraño, querido Juan, que no nos encontráramos por Bajamar, porque voy bastante por allí, con ocupaciones políticas o sin ellas. En esa costa, la que la abarca el litoral lagunero, desde La Barranquera a las tres calas agrestes de Anaga, Ocadila, Pachila y Adar, guardo algunos de los mejores recuerdos de mi vida, y quien me quiere bien lo sabe. Soy un fijo de sus piscinas naturales, sea en Bajamar, sea en La Punta, cada verano, en compañía de mis hijas, y no es menos cierto que he pensado mucho sobre esta comarca y sus potencialidades, presentes y futuras. Obviamente no es un trabajo que emprendo en solitario, sino como integrante de un equipo, el grupo de gobierno de La Laguna, que trabaja con sus vecinos en la detección de problemas y oportunidades. Esta es una zona no sólo de enorme belleza natural, sino que además viene acompañada por una poderosa identidad. Por eso me parece fundamental que, mirando al futuro con la vista en un pasado como el que rememoras, seamos capaces de encontrar el modelo que Bajamar necesita para prosperar, para encontrar en el porvenir las satisfacciones que ahora sólo parece depararnos la nostalgia. ¿Podemos hablar del Cadaqués tinerfeño? Pues sí y no, querido amigo. Como etiqueta para hacernos a la idea está bien, entiendo lo que quieres decirme, pero ya sabes cuánto recelo de los modismos comparativos. Lo que necesita la costa lagunera, como cualquier territorio, es progresar en torno a su propia autenticidad, porque vivimos tiempos en los cuales la singularidad es casi el único valor seguro. Veo a esta zona de mi municipio como un espacio emergente no para el turismo que nos llegaba en los años setenta del siglo pasado, sino como una reserva recreativa para la salud, el deporte, el contacto con la naturaleza, el disfrute en familia, el consumo del producto local. En ese plano, coincido contigo, nos queda muchísimo por hacer, una evidencia que no puede ni debe amilanarnos. ¿Quedamos en El Abogado para hablarlo?

Mensaje de Inicio

Un cordial saludo a todos. Desde hoy, 23 de diciembre de 2013, coincidiendo con mi 46 cumpleaños, inauguro está bitácora personal, en la que intentaré exponer mis acciones y reflexiones, tanto en mi actual condición de cargo público como en la del oficio de periodista, al que he dedicado 23 años de mi vida. Como se trata de una experiencia totalmente nueva para mí, vamos a ir haciendo camino día a día. En el punto de partida creo que se trata de un método útil para agrupar y sistematizar mis colaboraciones en diversos medios de comunicación, así como para exponer algunas actuaciones y pensamientos vinculados al ejercicio de la política. Gracias por todo y mis mejores deseos para el año que ya casi llega.