Europa

El revés y el derecho: elecciones europeas

Esto es lo que escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos del 18 de mayo de 2014.

Elecciones europeas y paridad – Por Juan Manuel Bethencourt

Estuve viendo, querido Juan, el debate europeo entre los candidatos del PP y el PSOE, que derivó en un previsible frontón que, en lugar de la ocasión para confrontar ideas, fue una especie de mitin a dos voces en el que Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano se alternaban en el uso de la palabra. Nada hay que reprochar a los aspirantes, que se midieron según las reglas previamente pactadas por sus equipos de campaña. Hay mucha mitología sobre el peso de los debates en el resultado de una contienda electoral, pero lo cierto es que su incidencia en el resultado es bajísima; tanto más en este caso, en unos comicios de limitado perfil.

Resulta llamativo que el mayor eco del debate haya venido a posteriori, con esas palabras condescendientes de Arias Cañete, quien, según su propia versión, no quiso demostrar su “superioridad intelectual” (sic) ante Valenciano para no parecer machista. Quizá el machismo anide precisamente en esa distinción, en la presunción de que no es posible un debate político entre un hombre y una mujer que se rebaten (y llegado el caso se despedazan) como lo que son, seres humanos no iguales, pero sí equiparables. La cosa no deja de ser un ardid de campaña, el intento del PP por vincular la campaña durante un par de días a esa superior cualificación académica de su candidato, en menoscabo de su principal oponente. Lo cierto es que en la España de hoy, y por fortuna, las mujeres obtienen mejores registros académicos que los hombres como norma general, lo cual, sin embargo, no se traduce en un reconocimiento equivalente; ni en la política, ni en la Universidad, ni en la empresa, tampoco en los medios de comunicación. Y cuanto más selecto el foro, más patente la ausencia de paridad no forzada, sino natural. De hecho, la semana que termina nos ha deparado la salida forzosa de dos figuras femeninas del periodismo impreso, las ya exdirectoras de Le Monde y The New York Times, Natalie Nougayrède y Jill Abramson, respectivamente. La primera de ellas, una periodista excepcional.

Mucho macho hombre – Por Juan Cruz

Un amigo inglés que venía a que yo le enseñara español decía, para definir al prototipo tópico de nuestro país, esta expresión que a todos nos hacía gracia: “Mucho macho hombre”. Pues sí, Cañete es mucho macho hombre, responde a ese prototipo tan extendido de machista que entre nosotros hizo furor en un tiempo y que ahora nos da tanto repelús. Lo que ha pasado con Cañete es que prolonga ese carácter desde un cargo (o un excargo) de servicio público; que un hombre así, con esas expresiones, haya desarrollado distintas representaciones oficiales en nombre del Gobierno de España (no es el Gobierno del Partido Popular, es el Gobierno de España) reclama una revisión de su propia candidatura, ahora que él se aproxima a hacer lo mismo en Europa. ¿Qué dirán por esos mundos en los que el machismo llama tanto la atención y da, repito, tanto repelús? Hace falta mucha didáctica y mucha pedagogía para limitar la presencia de personas que se expresan así en cargos de representación política. Europa se distingue por ser un continente que aspira a la excelencia en el respeto de los derechos de igualdad. El PP acabó con la asignatura de educación ciudadana, y mira por dónde es a ese político de ese partido a quien habría que darle lecciones intensivas del trato que merecen nuestros semejantes, mujeres y hombres. Miguel Arias Cañete despreció en el debate y después del debate a Elena Valenciano, pero no tan solo: despreció a los oyentes, pues habló con los textos preparados, como si en la vida parlamentaria esto pudiera ser lícito. Después de su discurso tan pulido, su compañera de candidatura Pilar del Castillo calificó lo que dijo Elena con estas palabras realmente despectivas: “[Fueron] palabras vacías que ocultan su fracaso”. Es una manera de atacar también, con la palabra fracaso por delante, a una mujer contrincante. A mi este suceso, Juan Manuel, me ha producido una enorme repugnancia; seguro que también le habrá ocurrido lo mismo a los hombres y las mujeres que comparten las siglas de Cañete.

Terrorista o pacifista

Artículo publicado el 6 de mayo de 2014, martes, en Diario de Avisos.

Gerry Adams fue el fiero dirigente del movimiento republicano de Irlanda del Norte, claramente asociado con su brazo armado, el IRA, de legendaria y criminal eficacia. También fue el muñidor de los acuerdos de Viernes Santo entre los Gobiernos de Irlanda y el Reino Unido que pusieron fin a la violencia enquistada en el Ulster. ¿Fue más una cosa que la otra? Qué pregunta tan difícil, porque lo cierto es que el líder del Sinn Féin fue primero una cosa y luego otra. Ahora el pasado ha venido a visitarle en forma de detención temporal como posible inductor del asesinato de una pobre viuda con diez hijos a su cargo, un crimen despreciable -todos lo son, pero algunos casos, como el de Jean McConville, espantan por su crueldad- cometido en 1972, en plenos años de plomo entre el grupo terrorista norirlandés y el Ejercito británico, con Belfast como icónico escenario, un espacio segregado entre muros, pintadas y puestos de vigilancia. ¿Es justo pedir cuentas a Adams por unos hechos cometidos hace cuatro décadas, cuando la espiral de violencia campaba a sus anchas, cuando cualquier entendimiento entre los independentistas y el Gobierno de Su Majestad parecía imposible? Otra pregunta sin respuesta. Hasta el camino por el que ha sido incriminado el líder histórico del Sinn Féin parece alambicado, las grabaciones de un terrorista del IRA ya fallecido para un trabajo de investigación universitario y además localizado en Boston, reserva espiritual y financiera del movimiento que abogaba por la anexión del Ulster a la República de Irlanda. De modo que han sido los propios colaboradores de Adams los que le han metido en este aprieto de improbables consecuencias judiciales, pero de evidentes connotaciones políticas. Hay algo que los señores de la guerra reciclados como líderes de la paz tienen que entender de una vez: su pasado no se puede borrar de un plumazo, no se puede (ni debe) estar en misa y repicando, el Premio Nobel de la Paz no es una garantía de bondad infinita ni un bálsamo que todo lo cura. Los hechos cometidos por Adams en su pasado violento existieron, aun y cuando no tenga nada que ver con el despiadado asesinato de la señora McConville, al que no se puede definir lacónicamente como “un error”, como ha dicho el propio Adams en una afirmación que le delata, pues revela que no está dispuesto a pedir perdón. Gerry Adams es una figura política de primer orden, y un hombre sin el cual no se entiende la actual situación del Ulster, donde ha cedido la violencia, aunque no el odio. Pero, por favor, que tampoco sea considerado el Mandela europeo. Y lo que vale para el Ulster vale para otros sitios. Para Euskadi, por ejemplo.

La guerra por el gas

Artículo publicado el pasado 19 de marzo, miércoles, en Diario de Avisos.

No sin sorna, un amigo me comentaba ayer que en Rusia han tardado menos en anexionarse Crimea de lo que tardamos los ayuntamientos canarios en dar vía libre a una licencia de obra menor. Es lo que tiene la diplomacia de los hechos consumados: a largo plazo puede generar problemas irresolubles, pero a la corta es una cosa infalible. La secuencia ha sido más o menos la siguiente: primero, ocupación de espacios clave en la península de Crimea por parte de fuerzas armadas rusas que, gran novedad en la historia militar, no portaban distintivo alguno; segundo, convocatoria de un referéndum para promover el retorno a Rusia, con fechas que se van adelantando sucesivamente, hasta hacerse irreversible, sin censo electoral verificado ni, por supuesto, ese engorro llamado campaña electoral; tercero, celebración de la consulta, con el resultado previsible; cuarto, declaración oficial de la anexión en un clima de euforia nacionalista y recuperación de las esencias rusas de gran potencia, amamantadas durante siglos y con regímenes políticos de lo más diverso. Esto es lo que hay. ¿Y ahora qué? Pues muy poco va a poder hacer Estados Unidos, salvo las consabidas sanciones que, al estar localizadas en el ámbito personal, tienen muy poco efecto. Otra cosa es articular una guerra económica a gran escala, algo que efectivamente el mundo occidental puede hacer, aunque solamente produciría efectos a largo plazo; ahí está la Guerra Fría como experiencia con los mismos interlocutores. Ocurre sin embargo que en particular Europa anda muy mal pertrechada para afrontar el actual desafío del zar Putin. Un tercio del gas natural que consume la UE viene de Rusia, y ese porcentaje es más elevado en el caso de Polonia, Chequia, Hungría, incluso de Alemania. ¿Vamos a decirles desde España que pasen frío en invierno porque nosotros el gas natural lo compramos en Argelia? Ahora mismo es imposible que la Unión Europea se ponga de acuerdo sobre este asunto, y bien que lo saben los polacos -la experiencia histórica de éstos con Rusia es, digámoslo así, no muy buena-, que trabajan con denuedo por su propia independencia energética fomentando la búsqueda de recursos propios a través del fracking, técnica controvertida que gana apoyos gracias a la geopolítica mundial. La nueva guerra de bloques responde a la dinámica por el control de los hidrocarburos, y su eje ya no está en Oriente Medio, sino en otras latitudes: Asia Central, Brasil y, sí, también la cornisa occidental africana. Lo que ocurre con Crimea nos puede terminar afectando. Mientras tanto, nadie podrá robarle a Putin estos días de gloria. Como dice la primera ley de Robert McNamara sobre la política, la racionalidad no va a salvarnos.

Cuidado con Francia

Artículo publicado el pasado 13 de marzo, jueves, en Diario de Avisos.

Cuando se observan los fenómenos políticos extremistas dentro del territorio de la Unión Europea se alza, a modo de paradoja, el ejemplo de Francia. Claro que en el Reino Unido anida un poderoso sentimiento de recelo hacia el continente, alimentado por sus medios de comunicación más chabacanos y populistas. Sabido es que en el norte de Italia se mantiene pujante un magma de xenofobia interior que concibe a sus compatriotas del sur del país como ladrones y mafiosos, y que, claro está, si recela de lo cercano lo hace aún más de lo lejano. Cierto es que en los Estados del Benelux se ha producido un estallido de resentimiento acorde con la instalación en un territorio relativamente exiguo de población foránea de costumbres ajenas, por lo general demandante de servicios sociales y por tanto fácilmente etiquetada como dependiente y holgazana. Y, en fin, se sabe que el fascismo permanece vivo en sectores concretos de la sociedad de Grecia, que acaso no hizo la terapia sociológica conveniente tras décadas de dictadura militar. Curiosamente ha sido España, un país perfectamente asociado con la brutalidad hacia el extranjero desde tiempo inmemorial, uno de los mejores alumnos de la tolerancia dentro de las fronteras del Viejo Continente, aunque nunca puede confiarse uno respecto a los propios prejuicios y el veneno tóxico que destilan. Pero, ¿y Francia? La república hexagonal se nos aparece con un mensaje oficial y una realidad bien diferente. A priori es el campeón de los derechos ciudadanos, el defensor de la laicidad, de hecho exhibe el orgullo de su propia condición multicolor, el país que ganó un Mundial de fútbol con una alineación plagada de magrebíes (Zidane), caribeños (Thuram), africanos (Vieira), caucásicos (Djorkaeff), con algún rubio galo colado en papel secundario. No obstante, es obligado recordar que es también el primer Estado de la Unión Europea que ha tenido (y tiene) un partido político de ultraderecha con cierta implantación social, competitivo en elecciones municipales. Si el Frente Nacional no llegó más lejos fue por el corte presidencialista del sistema electoral francés, que sólo hace sitio a un partido de derechas, el gaullista que encarnaron Giscard, Chirac y en última instancia Sarkozy. Esto, mucho ojo, puede cambiar, pues el desplome del conservadurismo mayoritario, patente desde la derrota de Sarkozy en las presidenciales de 2012, está abriendo las puertas a opciones más inquietantes para un país que es mucho más conservador de lo que quiere reconocer o lo que se observa por el turista en los bulevares de París. ¿Es imposible que Marine Le Pen sea la próxima presidenta de Francia? No, ya no lo es, y habrá que preguntarse qué ha hecho mal la política moderada para abrir la puerta a esa opción.

El revés y el derecho: el carisma, cara y cruz

Esto es lo que le escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

Los riesgos del carisma – Por Juan Manuel Bethencourt

No hay nada más peligroso que suceder a un carismático. Estos personajes son poco convencionales y su gobierno es de estilo personal y está marcado por el desvarío de sus personalidades. Con frecuencia dejan caos tras de sí. La persona que le sigue encuentra un desastre que, sin embargo, la gente no ve. Han perdido a su inspirador y culpan a su sucesor”. Esta reflexión, querido Juan, corresponde a Robert Greene, un ensayista que hace década y media hizo cierta fortuna literaria como teórico del poder en sus diferentes manifestaciones. Cae ahora en mis manos en uno de esos procesos de relectura ocasional que bien conoces, y me conduce directamente a Venezuela, país hermano que vive en la actualidad una situación, efectivamente, caótica. Me lo dijo hace dos años un amigo canario-venezolano confiscado por el anterior mandatario: “¿Hugo Chávez? Nos ha hecho mucho daño, a mi familia le ha quitado todo, el trabajo de mi padre durante décadas, pero le reconozco su talento. Si gana las elecciones es por algo. Me preocupa el futuro, lo que viene detrás, porque es mucho peor”. Nicolás Maduro, el sucesor del carismático militar-presidente, intenta aplicar la misma épica de la resistencia en un país donde el descontento se dispara por la escasez lacerante de bienes básicos. Y lo hace de un modo tan chabacano que ha despertado a la calle, a su vez azuzada por otro carismático de nuevo cuño, pero este de orientación política opuesta. La detención de Leopoldo López supone el encumbramiento como estrella de este alcalde joven y de óptimas credenciales -economista de Harvard, deportista, excelente orador- para consolidarse como gran amenaza opositora al régimen que torpemente trata de sostener el chavismo sin Chávez. Tengo que añadir, no obstante, que me rechina el estilo redentorista del carismático López. Una gran colisión, que no transición, entre pasado y futuro está a punto de producirse en las calles de las ciudades venezolanas. Y las impresiones que tengo no son buenas.

Es mejor que no haya – Por Juan Cruz

Ya sabes lo que pienso de la exacerbación de las patrias; la ultraderecha las quiere para ellos. Ya ves a los Le Pain en Francia, a Berlusconi y a los suyos en Italia, a los ultraderechistas del mundo, que quieren poner pinchos en sus fronteras para que se hieran los débiles que tocan a la puerta. A ese concepto ultraderechista de la patria como elemento vertebrador de la reacción internacional contra los seres humanos que nacieron fuera de sus fronteras y aspiran a integrarse en sociedades más interesantes para su porvenir que aquellos lugares de miseria de donde proviene, se junta ahora, como se juntó siempre, la figura del líder carismático. Ocurre en ese ámbito del racismo y la xenofobia y se da también en otras zonas de la vida de los países. Hitler fue un líder carismático, que actuó contra la raza judía levantando una bandera cuya defensa se hizo a base de matanzas horribles. Franco fue un líder carismático que los suyos siguieron por el carisma que para ellos representaba, aunque muchos se burlaban (y nos burlábamos) de los aspectos más débiles de su personalidad repulsiva. En la época de Franco se dibujaba la figura de un carisma, el de Fraga, que explotó hasta la parodia las facultades que él creía que le iban a dar satisfacciones en la era democrática. Y tuvo que irse a Galicia, porque era un cacique que allí podía mostrar intacto el carisma que sólo se alimenta en sociedades cerradas y agrícolas. Luego tuvimos a Aznar, en la época democrática; sus errores se juntaron a su ansiedad de carisma. Le dijo a Pedro J, según contó Pedro J, tras el atentado que ETA perpetró contra él: “¿Y ahora qué, al fin tengo carisma?”. El mejor carisma es el que no existe. En nombre del carisma se cometen errores que a veces ponen en peligro la convivencia de los pueblos. Y sí, esos ejemplos que pones están muy bien puestos. Lo que pasa es que hay gente que no pierde la ocasión de decir que el carisma es el aura de los héroes. Y no son héroes, son fantoches en busca de carisma.

Ese asunto lejano

Artículo publicado el pasado día 4, martes, en Diario de Avisos.

Ese asunto de Ucrania tiene mala pinta, a la vista de lo que se contempla en el telediario. Claro que la cosa nos pilla lejos -hay 4.603 kilómetros de distancia en línea recta entre Tenerife y Kiev-, aunque quizá no tanto: los mercados bursátiles mundiales reaccionaron con pánico a los últimos acontecimientos en la república eslava. En este mundo interrelacionado, el estornudo en la otra punta del globo nos puede acatarrar, y también todo lo contrario, como demuestra el desvío de turistas que, alarmados por otras revoluciones pretéritas, optó por Canarias como alternativa. En este caso la cosa es mucho peor, sobre todo por una cuestión de dimensiones. Cuando está Rusia por medio, todo de hace gigante como por obligación, y no sólo atendiendo a los kilómetros cuadrados del país más grande del mundo y sus vecinos, antes compatriotas. El avispero de Ucrania tiene que ver con estos dos factores, el tamaño y la mala vecindad. Estamos en un escenario cercano al de los Balcanes hace veinte años, pero mucho más peligroso; esperemos que no tan violento, aunque de gobernantes que han hecho de la osadía una marca se puede esperar todo. En Ucrania conviven dos comunidades incapaces, al menos en los últimos años, de encontrar un nexo común. Con una mayoría de origen e idioma ucranio en el Oeste (Kiev) y la minoría prorrusa muy bien asentada en el Este (Jarkov, ciudad icono de la resistencia soviética en la II Guerra Mundial), hay que tener mucho talento político para conciliar visiones antitéticas. Esto fue más o menos posible durante la Revolución Naranja, pareció asentarse una visión mayoritaria que apostaba por la modernidad, por Europa y por una relación menos dependiente de Rusia, el suministrador del gas que calienta las casas en invierno, el poderoso vecino siempre dispuesto a cortar el grifo. La estabilidad duró poco, pero aun así hace dos años veíamos a la selección española de fútbol ganar la Eurocopa en un Kiev soleado y pacífico. Tras la caída del títere Yanukovich, está claro que Rusia va a intervenir política y también militarmente, en la certeza de que Europa reaccionará con su habitual diligencia, esto es, con la nada, y que Estados Unidos será tan cauteloso como lo son Obama y su canciller Kerry. Putin, ese hombre mimado por la derecha europea -¿te acuerdas, Aznar?- siente que juega en casa, en su área de reservada influencia, sea Crimea, una parte de Ucrania o toda ella. ¿Y qué se puede hacer al respecto? ¿Diplomacia, sanciones económicas, guerra? Cuando se sugieren muchos remedios para un solo mal, quiere decir que no se puede curar. Lo dejó por escrito el doctor Anton Chéjov.

Candidatos para Europa

Artículo publicado el pasado 28 de febrero, viernes, en Diario de Avisos.

Una de las novedades relevantes de los próximos comicios al Parlamento Europeo, el domingo 25 de mayo, es el hecho novedoso de que será la próxima Eurocámara la encargada de validar el nombramiento del futuro presidente del Gobierno de la UE, la Comisión. No es que se trate de una revolución, pero al menos contribuye a despejar el panorama y a propiciar que los grandes partidos del continente deban ponerse de acuerdo a la hora de identificar a un candidato para relevar al lúgubre Jose Manuel Durao Barroso, protagonista de una etapa de vuelo rasante en el gobierno de los asuntos europeos. Y los nombres empiezan a salir a la palestra. Los socialistas europeos apuestan fuerte con la figura de Martin Schulz, actual presidente del Parlamento Europeo. Es un político de peculiar origen, librero de profesión, luego alcalde, finalmente eurodiputado, un socialdemócrata clásico que, quizá por ser de la misma nacionalidad, no tiene miedo a llevar la contraria a la canciller Angela Merkel y sus obsesiones germanizantes sobre la economía europea en su conjunto. Se diría que, en contraposición a la propia Merkel, el Partido Socialista quiere a un alemán europeísta como presidente de la Comisión. También exhibe un perfil político alto el aspirante de la izquierda unitaria, el griego Alexis Tsipras. Asimismo en este caso la nacionalidad del candidato es un hecho a tener en cuenta. Tsipras, un joven osado pero de discurso muy bien estructurado, es el líder de la oposición en Grecia y por tanto adalid de una resistencia sensata a las curas de caballo que no han terminado de solucionar los dramáticos problemas estructurales de la república helena. En un tono menor, el belga Guy Verhofstadt, que fuera primer ministro de su país, es el candidato del Partido Liberal, un moderado incurable con muchas horas de despacho en Europa. ¿Y el Partido Popular Europeo? Pues aún no tiene candidato designado, aunque crece la impresión de que será el luxemburgués Jean-Claude Juncker, expresidente del Eurogrupo, el finalmente designado. ¿Esto es bueno o malo? Nadie lo sabe, o desde luego no lo sabe el ministro español de Exteriores, que ayer no quiso mojarse al respecto. La cautela de José Manuel García-Margallo tiene su razón de ser, porque Juncker tiene dos avalistas muy poderosos, pero al mismo tiempo cuestionables a la hora de evaluar su candidatura. Es, en primera instancia, el candidato de Merkel, no un político de perfil propio sino un humilde (aunque astuto) servidor del poder establecido. Y el segundo bastión que sostiene la opción Juncker es ni más ni menos que esa comunidad financiera que tanto tuvo que ver con la crisis y que se ha ido francamente de rositas.

Gobierno Facebook

Artículo publicado el pasado 26 de febrero, miércoles, en Diario de Avisos.

El nuevo Gobierno italiano se parece mucho, muchísimo, a su primer ministro. Es quizá el primer gobierno de un país europeo claramente emparentado con las redes sociales como herramienta de trabajo, con un jefe, Matteo Renzi, que presume de sus 869.000 seguidores en Twitter, recolectados primero desde la alcaldía de Florencia y luego en su aún breve etapa al frente del Partido Democrático. El recién estrenado gobernante treinteañero ha imitado a otro líder que hace justo una década llegó al poder también de modo abrupto pero con mucha fuerza. Se llamaba -se llama- José Luis Rodríguez Zapatero, y también quiso poblar su gabinete de caras nuevas y mantener a rajatabla, mientras pudo, los principios de la paridad entre hombres y mujeres sentados en torno a la mesa del Consejo de Ministros. Hasta se produce una coincidencia curiosa, y es que si bien hay amplio espacio para el atrevimiento en esto de los nombramientos, en la cartera de Economía se apuesta sobre seguro, quizá porque el dinero es miedoso en todas partes. La cartera más delicada del primer Gabinete Renzi la portará Piel Carlo Padoan, un veterano economista de confianza para los empresarios y con galones en la OCDE, del mismo modo que Zapatero entregó la batuta económica a Pedro Solbes, y no a Jordi Sevilla ni Miguel Sebastián, como habría sido lógico atendiendo a sus precedentes políticos. Dicho esto, Renzi da unos cuantos pasos adelante pero protagoniza alguno hacia atrás, siendo el más significativo el despido de la ministra de Integración, Cecile Kyenge, quien sólo por soportar el permanente ataque racista de la Liga Norte ya merecía seguir en el cargo al menos como símbolo de resistencia de un nuevo gobernante ante tanta xenofobia impune. En el haber, la designación de una heroína de la lucha contra la Mafia, la exalcaldesa Maria Carmela Lanzetta, porque siempre es buena idea ubicar a ciudadanos ejemplares en puestos relevantes; que luego hagan o no un buen trabajo en las revueltas aguas de la política ya es otra cuestión. Lo más llamativo, la apuesta por dos ministras jóvenes y tuiteras, puros productos de la democracia 2.0 criados en la cantera de la nueva izquierda italiana. Es el caso de Federica Mogherini, talentosa bloguera por cierto, y que a sus 40 años releva a la experta Emma Bonino como responsable de Asuntos Exteriores. Más arriesgada parece aún la apuesta por Maria Elena Boschi, de 33, al frente de la cartera que impulsará las reformas estructurales que, a ritmo de una por mes, el primer ministro Renzi quiere implantar en Italia sin contar con una mayoría clara ni haberse presentado a las elecciones. Deliciosa (y fugaz) política Facebook.

Deuda o castigo

Artículo publicado el pasado día 5, miércoles, en Diario de Avisos.

La editorial Errata Naturae, de sutil gusto por todos los desvaríos de este mundo, ha publicado un libro capaz de producir desasosiego. Se titula El síntoma griego, y es el compendio de diez pequeños ensayos con la firma de intelectuales de prestigio, nacidos en las cuatro esquinas del Viejo Continente. La conclusión común podrá compartirse o no, pero en todo caso está muy bien argumentada y, al final, resulta inquietante para el futuro de Europa: lo de Grecia no es una desgracia, es un experimento. Ciertamente muchas de las decisiones adoptadas en la república helena durante los últimos años tienen que ver con algo cercano a la posdemocracia, es decir, con una formalidad democrática predeterminada por decisiones tomadas muy lejos, y tomadas además por instituciones e individuos que no se someten al control de las urnas. Hablamos de la troika europea, del Fondo Monetario Internacional, del Banco Central Europeo, de los grandes inversores financieros, actores que tienen mucho que decir y decidir sobre la supervivencia de una economía y la solvencia de un Estado. Los europeos nos escandalizamos ahora, pero ha sido un ejercicio ya practicado con fruición en otros continentes, en el antes llamado Tercer Mundo, donde las recetas de la ortodoxia se cobraron no pocas víctimas. Yanis Stavrakakis, profesor de la Universidad de Tesalónica, incide en un vínculo sinuoso y letal, el de la deuda, individual y colectiva, entendida como el castigo vergonzante que conlleva acto seguido la pérdida de derechos cívicos. Al respecto, escribe lo siguiente: “Los mismos neoliberales integrados en los grupos de poder que empezaron estimulando el espíritu del consumismo basado en el préstamo, los mismos que permitieron la prolongada fiesta de los banqueros, son los que ahora utilizan la deuda -trasladada, en este punto, a los presupuestos estatales- para invertir el proceso democratizador”. Francamente, resulta difícil no estar de acuerdo con el analista en la denuncia sobre este proceso “desdemocratizador”, en el que la deuda es el elixir perfecto para somatizar a la población y cargarle de paso el coste de unas decisiones adoptadas en otras instancias, allí donde antes se abrió el grifo del crédito sin medida alguna. Maurizio Lazzarato, teórico privilegiado sobre la cárcel de la deuda para el ciudadano contemporáneo, pone la rúbrica: “El Estado, en su versión no-mínima, interviene no una vez, sino dos, para cumplir sus funciones; la primera, para salvar las finanzas y también a los bancos y a los liberales; la segunda, para imponer a las poblaciones el pago de los costes políticos y económicos de lo anterior”. Francamente, es justo lo que ha ocurrido en la Europa.

Italia, un desierto fascinante

Artículo publicado el pasado día 11, martes, en Diario de Avisos.

Fue Benito Mussolini quien afirmó aquello de que gobernar Italia no era imposible, sino inútil. Esta frase la suele decir mucho Juan Fernando López Aguilar, el eurodiputado canario que, al parecer, ya no encabezará la lista socialista al Parlamento de Estrasburgo. Desde luego, no podrá afirmarse que Elena Valenciano, la lugarteniente de Rubalcaba, sea mejor cartel electoral que el jurista grancanario, pero no es eso de lo que vamos a hablar hoy. Dentro del batiburrillo de incoherencias que es hoy el manejo de los asuntos públicos en la Unión Europea -tanto es así que crece el número de voces que, con muy distinta ideología, pero unidos en la insensatez, abogan por la voladura del proyecto europeo mismo-, el ejemplo italiano brilla por su indiscutible solera. El Gobierno de coalición entre socialdemócratas y derechistas herederos de Berlusconi corre de nuevo riesgo de romperse, herido por la propia debilidad de su nacimiento: un pacto contra natura entre izquierda templada y derecha sucia, unidos ambos en la necesidad de frenar el ascenso electoral de los nuevos populistas de izquierda liderados por un célebre cómico-bloguero, Beppe Grillo, cuyo gran mérito ha sido demostrar que la telegenia aplicada a la política no es patrimonio de Silvio Berlusconi. Hay un aspecto nada desdeñable en la comparación entre Italia España, que el presidente Mariano Rajoy ha manejado muy escasamente. Aquí tenemos un Gobierno legitimado por una mayoría absoluta elocuente, lo que haga con ella (y con su programa electoral de usar y tirar) ya es otro asunto. Por el contrario, Italia se ha acostumbrado a vivir en la tormenta permanente, hasta el punto de que sus dos últimos primeros ministros, el profesor Monti y el heredero Letta -Bersani, ganador de los comicios para la izquierda, renunció para no tener que pactar con Berlusconi-, lo han sido sin obtener el refrendo de los ciudadanos. Y el tercer aspirante, el joven y pujante Matteo Renzi, alcalde de Florencia sin haber cumplido los cuarenta, maniobra para alcanzar el poder absoluto quizá por el mismo camino. Al final, es preciso recordar que el último primer ministro italiano votado por la gente fue… Berlusconi, que ahora, al parecer ya va en serio, desaparece de la escena con muchas condenas en la mochila. Renzi es el futuro, aunque también es un futuro plagado de incógnitas, pues estamos ante un genuino exponente, a la italiana, de la llamada política líquida, la de una izquierda más pendiente de la mercadotecnia que de las ideas. Esta corriente, que inauguró Tony Blair y siguió fielmente Rodríguez Zapatero, exhibe unos principios tan intercambiables que no es exagerado afirmar que ideológicamente está más cerca de Groucho que de Marx.