España

El revés y el derecho: elecciones europeas

Esto es lo que escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos del 18 de mayo de 2014.

Elecciones europeas y paridad – Por Juan Manuel Bethencourt

Estuve viendo, querido Juan, el debate europeo entre los candidatos del PP y el PSOE, que derivó en un previsible frontón que, en lugar de la ocasión para confrontar ideas, fue una especie de mitin a dos voces en el que Miguel Arias Cañete y Elena Valenciano se alternaban en el uso de la palabra. Nada hay que reprochar a los aspirantes, que se midieron según las reglas previamente pactadas por sus equipos de campaña. Hay mucha mitología sobre el peso de los debates en el resultado de una contienda electoral, pero lo cierto es que su incidencia en el resultado es bajísima; tanto más en este caso, en unos comicios de limitado perfil.

Resulta llamativo que el mayor eco del debate haya venido a posteriori, con esas palabras condescendientes de Arias Cañete, quien, según su propia versión, no quiso demostrar su “superioridad intelectual” (sic) ante Valenciano para no parecer machista. Quizá el machismo anide precisamente en esa distinción, en la presunción de que no es posible un debate político entre un hombre y una mujer que se rebaten (y llegado el caso se despedazan) como lo que son, seres humanos no iguales, pero sí equiparables. La cosa no deja de ser un ardid de campaña, el intento del PP por vincular la campaña durante un par de días a esa superior cualificación académica de su candidato, en menoscabo de su principal oponente. Lo cierto es que en la España de hoy, y por fortuna, las mujeres obtienen mejores registros académicos que los hombres como norma general, lo cual, sin embargo, no se traduce en un reconocimiento equivalente; ni en la política, ni en la Universidad, ni en la empresa, tampoco en los medios de comunicación. Y cuanto más selecto el foro, más patente la ausencia de paridad no forzada, sino natural. De hecho, la semana que termina nos ha deparado la salida forzosa de dos figuras femeninas del periodismo impreso, las ya exdirectoras de Le Monde y The New York Times, Natalie Nougayrède y Jill Abramson, respectivamente. La primera de ellas, una periodista excepcional.

Mucho macho hombre – Por Juan Cruz

Un amigo inglés que venía a que yo le enseñara español decía, para definir al prototipo tópico de nuestro país, esta expresión que a todos nos hacía gracia: “Mucho macho hombre”. Pues sí, Cañete es mucho macho hombre, responde a ese prototipo tan extendido de machista que entre nosotros hizo furor en un tiempo y que ahora nos da tanto repelús. Lo que ha pasado con Cañete es que prolonga ese carácter desde un cargo (o un excargo) de servicio público; que un hombre así, con esas expresiones, haya desarrollado distintas representaciones oficiales en nombre del Gobierno de España (no es el Gobierno del Partido Popular, es el Gobierno de España) reclama una revisión de su propia candidatura, ahora que él se aproxima a hacer lo mismo en Europa. ¿Qué dirán por esos mundos en los que el machismo llama tanto la atención y da, repito, tanto repelús? Hace falta mucha didáctica y mucha pedagogía para limitar la presencia de personas que se expresan así en cargos de representación política. Europa se distingue por ser un continente que aspira a la excelencia en el respeto de los derechos de igualdad. El PP acabó con la asignatura de educación ciudadana, y mira por dónde es a ese político de ese partido a quien habría que darle lecciones intensivas del trato que merecen nuestros semejantes, mujeres y hombres. Miguel Arias Cañete despreció en el debate y después del debate a Elena Valenciano, pero no tan solo: despreció a los oyentes, pues habló con los textos preparados, como si en la vida parlamentaria esto pudiera ser lícito. Después de su discurso tan pulido, su compañera de candidatura Pilar del Castillo calificó lo que dijo Elena con estas palabras realmente despectivas: “[Fueron] palabras vacías que ocultan su fracaso”. Es una manera de atacar también, con la palabra fracaso por delante, a una mujer contrincante. A mi este suceso, Juan Manuel, me ha producido una enorme repugnancia; seguro que también le habrá ocurrido lo mismo a los hombres y las mujeres que comparten las siglas de Cañete.

El revés y el derecho: la desigualdad, esa lacra

Esto es lo que escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos del 4 de mayo de 2014.

El naufragio del casino – Por Juan Manuel Bethencourt

Canta la fanfarria política que la crisis ha terminado y que, gracias a las curas de caballo implementadas en 2012 y 2013, se pudo evitar el rescate de España y, eventualmente, un sacrificio aún mayor. Este, querido Juan, es un ardid tan viejo como el tiempo: la amenaza de un dolor superior es un poderoso incentivo para tolerar el sufrimiento presente. Es cierto que España, en su conjunto, no fue rescatada; lo fue su sistema financiero, drogado por los excesos que todos contemplamos y nadie frenó, y la factura ha salido por 40.000 millones de euros que en efecto puso Europa, pero a préstamo que pagarán no los propios bancos salvados del naufragio, sino todos los españoles a tocateja y con el correspondiente tipo de interés. De modo que al final fueron los propios españoles los que rescataron a su aristocracia económica, a los poderosos que dirigen las grandes corporaciones, y todo ello sin que se haya producido una mínima autocrítica desde las altas esferas. El resultado de todo ello es la consolidación de la teoría del riesgo moral: si estoy en lo más granado del casino financiero y me lo juego todo, lo hago en la certeza de que alguien vendrá a auxiliarme para evitar la caída, de modo que arriesgo una y otra vez, porque si gano soy un genio y si pierdo sólo soy otro banquero rescatado por los sufridos contribuyentes. España es, hoy, el país del primer mundo que muestra un mayor crecimiento de la desigualdad, lo cual supone la quiebra del papel redistribuidor, no de dinero sino de oportunidades, que se supone en la base del Estado Social de Derecho y de la democracia misma. Un economista francés teoriza sobre ello en un libro que bate récords de venta en su versión inglesa. Ese economista es Thomas Piketty, y el ensayo se titula El capital en el siglo XXI. Creo que se trata de una lectura recomendable, como lo es ese anunciado nuevo libro de Juan Ignacio Crespo, ciertamente un analista económico brillante, en el que describe el mundo excesivo de nuestras fenecidas cajas de ahorros.

El precio de vivir – Por Juan Cruz

Vengo de Argentina, donde ahora todo cuesta más caro. Y antes volví de México, donde decía el gran cantante José Alfredo Jiménez que la vida no vale nada. En la posguerra nuestra, ya sabes, vivir era sobrevivir. Los caciques y los ricos vivían bien, nos daban regalos a los niños pobres; ser pobre era, también, aceptar que te lo dijeran, que te lo pusieran de manifiesto. La pobreza ha cambiado de signo; ya no son pobres sólo los que son rematadamente pobres. En aquel tiempo, cuando ser pobre era además no tener derecho a decirlo, había una sola clase de pobres, los pobres de solemnidad, aquellos que debían estar callados como pobres. El silencio era parte de la pobreza. Ahora han cambiado las cosas. La democracia tuvo una época de esplendor económico, se equilibraron los ingresos y se equilibraron los derechos; ya se podía protestar, ya se podía ir a la educación pública, se podía ir a los hospitales, se podía confiar en lo público. Un país es rico, o justo, cuando lo público no es la caridad sino el derecho a utilizar lo público. Entiendo lo que dices, me fijo en las estadísticas, que escalofrían. El domingo le expliqué a un político argentino cuál es el porcentaje de jóvenes sin empleo y le dije la verdad, 55%; él entendió 95%. Me alarmó que considerara normal haber entendido eso; es decir, consideró que eso era posible. Lo peor de ese porcentaje (55%) no es que exista, que ya es grave, sino que aumente, y que aumente incluso hasta los niveles que creía posibles mi amigo argentino. Allí observé que hay billetes de cada una de las monedas, prácticamente. Me fijé, también, que la gente cuenta hasta las propinas. Cuando volví a Madrid me descubrí haciendo lo mismo, contando moneda a moneda a ver si llegaba para pagar el transporte. La pobreza llega cuando empiezas a contar y no llegas; estamos en ese punto, hemos dejado de ser tan confiados con las monedas y hemos empezado a desconfiar de la vuelta que te dan en los taxis y en las guaguas. Somos más pobres; ahora toca abrocharse la esperanza para que ésta no se te desparrame.

El revés y el derecho: Iñaki Azkuna

Esto es lo que le escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

Adiós, alcalde, y gracias – Por Juan Manuel Bethencourt

Sobrecoge, querido Juan, la despedida del alcalde Iñaki Azkuna, regidor de Bilbao, fallecido el pasado jueves tras una larga batalla contra el cáncer: “Gracias a todos por haberme ayudado y soportado”. No, querido alcalde, gracias a ti. No se me ocurre otra respuesta, ya no de los propios vecinos de la capital vizcaína, sino del municipalismo español en su conjunto. La dimensión política y humana de Azkuna alcanza dimensión internacional, no en vano fue galardonado hace unos meses como el mejor alcalde del mundo, reconocido por una organización internacional que evalúa la gestión municipal en las urbes del planeta. Médico de profesión, Iñaki Azkuna fue un político nacionalista que hizo de su condición cosmopolita una herramienta para cambiar la faz de una ciudad sin dejar de respetar su esencia. Y eso es gobernar, querido amigo: partir del pasado para mejorar el presente y construir el futuro. Bajo su mandato, Bilbao experimentó la transformación que sólo un soñador indomable es capaz de hacer realidad. Su éxito fue, en primera instancia, tener una visión y ser capaz de comunicarla, de convencer por tanto a sus conciudadanos, de modo que fuera esa acción colectiva la generadora de un cambio que hoy está a la vista. Azkuna se definía como un vecino más, pero era mucho más que eso: era un agitador, porque no entendía otro modo de concebir la gestión, siempre adelante, siempre intentando mejorar, asumiendo riesgos. Fue, por otro lado, un gran hombre, una persona cercana y bondadosa, un verso suelto en el mejor sentido del término, porque, siendo como era uno de los baluartes del PNV, nunca se anduvo con medias tintas respecto a la violencia de ETA y sus secuaces totalitarios. Recuerdo ahora algunas conversaciones que tuve contigo respecto a su figura y su legado. Y recuerdo una cena con mi familia en su restaurante predilecto, La Viña, cuyo propietario, Abelardo García, me habló también sobre la grandeza cercana del alcalde Azkuna. Por cierto, creo que fue la mejor cena de mi vida.

Una persona muy especial – Por Juan Cruz

Quisiste llevarlo a La Laguna; no pudo ser, Juan Manuel. Y lamento muchísimo que no lo hayas conocido. Hay personas así en la vida y entre los que hacen política y servicio público. El jueves por la noche murió Iñaki Azkuna, el alcalde de Bilbao; transformó su ciudad, y la hizo como él, abierta, alegre y exigente; fue directo y simpático, sincero y comprometido. Hasta el último suspiro de su vida trabajó a favor de los demás, hizo de la amistad una bandera cordial y no dejó nunca de cumplir los dictados libres de su conciencia. Se despidió de sus amigos cuando estimó que su barco estaba partiendo. Una persona muy especial cuya vida pesa con un valor imponente. Quisiste saber de él, conocerlo, hacer que su experiencia fuera compartida por tus colegas y también por los ciudadanos de La Laguna. Ya sabes que la vida tiene estas pautas marcadas, y a él una mala salud le sobrevino muy pronto, en seguida que se murió su mujer, con la que, como decía, tanto discutió y a la que tanto quiso. El último sábado me llamó por teléfono, para despedirse. Jamás había tenido una llamada así; me habló del barco que se iba, de la vida más allá, del rape que íbamos a comernos en ese futuro nebuloso, como aquel rape que tú mismo comiste en el que fue su restaurante favorito, La Viña de Henao. Tenía un gran amor a la vida; jamás se dio por vencido, ni espiritualmente ni intelectualmente, aunque aquel cuerpo le mandaba las señales que finalmente ya la cegaron los días en la víspera de la primavera. Lo quise mucho, era un hombre verdaderamente excepcional, uno de mis mejores amigos, de esos en los que piensas cuando sabes que tu soledad puede tener una puerta abierta de salida.

El día de la fractura

Artículo publicado el pasado 12 de marzo, miércoles, en Diario de Avisos.

El día de la mayor tragedia de nuestra democracia, la matanza terrorista del 11 de marzo de 2004 en Madrid, fue también el germen de la mayor fractura experimentada por nuestra Historia reciente. Con el paso del tiempo, y ayer se cumplieron 10 años de aquello, tendemos a sacralizar los momentos, también a idealizarlos. El expresidente Rodríguez Zapatero lo hizo hace unos días, en una interesante entrevista con motivo de la efeméride. Beneficiario directo de la conmoción provocada por el desastre, aunque nunca lo ha admitido siquiera implícitamente, Zapatero pronuncia ahora palabras cargadas de prudencia, y se lo puede permitir, porque también en aquella hora funesta se manejó con indudable responsabilidad, aspecto que le diferencia de José María Aznar y su grosero manejo de un acontecimiento tan luctuoso. Como es sabido, el ardid salió al revés al confirmarse que los autores del atentado en los trenes no tenían nada que ver con ETA, sino con el terrorismo yihadista. Y aquel hecho, coincidente con la guerra de Irak y la presencia de Aznar en la foto de las Azores, fue determinante a la hora de visualizar la eventual responsabilidad política de lo ocurrido. Ahora se sabe, claro está, que la masacre se hubiera producido aun sin elecciones, y seguramente sin el apoyo que el Gobierno español prestó a la aventura bélica de Bush & Blair. Así que, 10 años más tarde, deberíamos superar de una vez la teoría del terrorista favorito, que durante una década ha envenenado el debate político español, como si el PP fuera responsable del atentado islamista, porque lo hubiera sido el PSOE en el caso de autoría etarra. Esta fractura entre demócratas, tendente a responsabilizar al adversario político de una masacre semejante y rentabilizarlo electoralmente, es sin duda la peor página de nuestro expediente democrático reciente. Recuerdo aquellos días como agónicos, por la ingente tarea que supuso afrontar el hecho noticioso incluso desde una humilde redacción de provincias, ni más ni menos que la de este periódico. Hicimos un buen trabajo, que hoy agradezco a todos los que compartimos horas de esfuerzo sazonadas por el espanto que producían los hechos relatados. Pero sobre todo recuerdo la tristeza del sábado 13 por la tarde, cuando, tras las detenciones en Lavapiés, el país entero se vio movido por una convulsión política que desmentía la unidad expresada en la calle durante las manifestaciones del día anterior. El turbio aroma del reproche acompañó aquellos días trágicos, primero en un sentido, luego en otro, así hasta la cita de las urnas el domingo 14. Nunca, nunca más una fractura entre demócratas a cuenta del sufrimiento de todo un país. A ver si lo aprendemos de una vez.

Un partido ‘normal’

Artículo publicado el pasado 11 de marzo, martes, en Diario de Avisos.

Admito que me entristece un poco contemplar los acontecimientos recientes en el Partido Popular del País Vasco. Durante años, ha sido, y con plena justificación, un símbolo de resistencia democrática al totalitarismo representado por ETA y sus portavoces políticos. También lo fueron los socialistas de Euskadi, por supuesto, igualmente diezmados por la lacra terrorista en sus siniestros estertores finales. Los del PP fueron capaces, no obstante, de otorgar a su acción política un halo especial, un sentido histórico, la certeza de que había una misión capaz de justificar la, como mínimo, incomodidad de llevar escolta todo el día y sufrir el miedo en carne propia sólo por hacer política en una democracia europea consolidada. Recuerdo haber ofrecido a María San Gil, hablo de hace más de una década, mi DNI para figurar en una lista municipal del PP vasco, uno que entonces ni estaba en política ni se planteaba iniciativa alguna al respecto. Pero era como un gesto simbólico o simplemente el cumplimiento de un deber cívico, por anónimo que fuera, porque a tres horas en avión había gente que se jugaba el bigote a diario y en esas condiciones no había forma de completar una lista electoral. Aquellos años de plomo pasaron, la democracia ha derrotado al terrorismo, por muchos fallos que podamos encontrar a un desenlace en el cual los violentos pretenden reescribir la historia y perdonarse ellos mismos en el primer capítulo. Ya es curioso, pero fue esta circunstancia, la lectura del fin de ETA, la que sembró la discordia en las filas populares, qué triste moraleja, y desde entonces hemos asistido a un rosario de acusaciones veladas, como si el sufrimiento diera carta de naturaleza para dictar verdades absolutas, que nunca existen en la vida y tampoco en la política. Esta crisis larvada ha dejado al PP vasco muy diezmado, menos preparado para la tarea que todo partido tiene en el manejo de la normalidad democrática. El último desencuentro llama la atención precisamente por eso, por su falta total de aura. Ya no hay épica en esta batalla interna, simplemente Arantza Quiroga, la nueva líder, quiere a alguien de su confianza como lugarteniente y por eso desplaza a Iñaki Oyarzábal, asociado con la anterior dirección. El otro día vi en Antena 3 la incomodidad de éste y de otro joven dirigente, Borja Sémper, a la hora de explicar ante las cámaras tanto revuelo con tan poco sustento. El PP de Euskadi es, admitámoslo, un partido normal en el que la discrepancia interna se explica de mala manera porque tiene mucho que ver con afinidades personales y muy poco con las convicciones políticas. Pero tampoco se les puede reprochar nada por ello.

El revés y el derecho: el carisma, cara y cruz

Esto es lo que le escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos.

Los riesgos del carisma – Por Juan Manuel Bethencourt

No hay nada más peligroso que suceder a un carismático. Estos personajes son poco convencionales y su gobierno es de estilo personal y está marcado por el desvarío de sus personalidades. Con frecuencia dejan caos tras de sí. La persona que le sigue encuentra un desastre que, sin embargo, la gente no ve. Han perdido a su inspirador y culpan a su sucesor”. Esta reflexión, querido Juan, corresponde a Robert Greene, un ensayista que hace década y media hizo cierta fortuna literaria como teórico del poder en sus diferentes manifestaciones. Cae ahora en mis manos en uno de esos procesos de relectura ocasional que bien conoces, y me conduce directamente a Venezuela, país hermano que vive en la actualidad una situación, efectivamente, caótica. Me lo dijo hace dos años un amigo canario-venezolano confiscado por el anterior mandatario: “¿Hugo Chávez? Nos ha hecho mucho daño, a mi familia le ha quitado todo, el trabajo de mi padre durante décadas, pero le reconozco su talento. Si gana las elecciones es por algo. Me preocupa el futuro, lo que viene detrás, porque es mucho peor”. Nicolás Maduro, el sucesor del carismático militar-presidente, intenta aplicar la misma épica de la resistencia en un país donde el descontento se dispara por la escasez lacerante de bienes básicos. Y lo hace de un modo tan chabacano que ha despertado a la calle, a su vez azuzada por otro carismático de nuevo cuño, pero este de orientación política opuesta. La detención de Leopoldo López supone el encumbramiento como estrella de este alcalde joven y de óptimas credenciales -economista de Harvard, deportista, excelente orador- para consolidarse como gran amenaza opositora al régimen que torpemente trata de sostener el chavismo sin Chávez. Tengo que añadir, no obstante, que me rechina el estilo redentorista del carismático López. Una gran colisión, que no transición, entre pasado y futuro está a punto de producirse en las calles de las ciudades venezolanas. Y las impresiones que tengo no son buenas.

Es mejor que no haya – Por Juan Cruz

Ya sabes lo que pienso de la exacerbación de las patrias; la ultraderecha las quiere para ellos. Ya ves a los Le Pain en Francia, a Berlusconi y a los suyos en Italia, a los ultraderechistas del mundo, que quieren poner pinchos en sus fronteras para que se hieran los débiles que tocan a la puerta. A ese concepto ultraderechista de la patria como elemento vertebrador de la reacción internacional contra los seres humanos que nacieron fuera de sus fronteras y aspiran a integrarse en sociedades más interesantes para su porvenir que aquellos lugares de miseria de donde proviene, se junta ahora, como se juntó siempre, la figura del líder carismático. Ocurre en ese ámbito del racismo y la xenofobia y se da también en otras zonas de la vida de los países. Hitler fue un líder carismático, que actuó contra la raza judía levantando una bandera cuya defensa se hizo a base de matanzas horribles. Franco fue un líder carismático que los suyos siguieron por el carisma que para ellos representaba, aunque muchos se burlaban (y nos burlábamos) de los aspectos más débiles de su personalidad repulsiva. En la época de Franco se dibujaba la figura de un carisma, el de Fraga, que explotó hasta la parodia las facultades que él creía que le iban a dar satisfacciones en la era democrática. Y tuvo que irse a Galicia, porque era un cacique que allí podía mostrar intacto el carisma que sólo se alimenta en sociedades cerradas y agrícolas. Luego tuvimos a Aznar, en la época democrática; sus errores se juntaron a su ansiedad de carisma. Le dijo a Pedro J, según contó Pedro J, tras el atentado que ETA perpetró contra él: “¿Y ahora qué, al fin tengo carisma?”. El mejor carisma es el que no existe. En nombre del carisma se cometen errores que a veces ponen en peligro la convivencia de los pueblos. Y sí, esos ejemplos que pones están muy bien puestos. Lo que pasa es que hay gente que no pierde la ocasión de decir que el carisma es el aura de los héroes. Y no son héroes, son fantoches en busca de carisma.

Cotizaciones

Artículo publicado el pasado día 7, viernes, en Diario de Avisos.

Dos años más tarde, el Gobierno de Mariano Rajoy ha adoptado una medida de política económica que francamente se hacía esperar. Es la rebaja de las cotizaciones sociales para nuevos empleados, tendente a impulsar la contratación en términos más asequibles para el empleador, es decir, a hacer más competitivo el trabajo y no por la vía utilizada hasta la fecha, la rebaja de salarios como condena y su consecuencia, la deflación, que lo único que hace es engordar el déficit público y privado. En este aspecto hay que decir que el Ejecutivo estatal del PP se mueve en términos contradictorios -anuncia rebajas de cotizaciones, pero también le sube la factura a los autónomos-, y sería bueno que se aclarara, que apostara de una vez por las pequeñas empresas y los nuevos emprendedores, que son quienes crean empleo en este país. Una política económica centrada en lo que pidan las grandes corporaciones, las empresas del Ibex-35 y las entidades financieras -Repsol, Bankia, ustedes saben de lo que estamos hablando-, no nos va a sacar de la crisis ni supone repartir de modo equitativo la pesada mochila de esta gran recesión. Insisto, democratizar el mercado, hacerlo más transparente, es el camino no sólo de la recuperación, sino de la credibilidad para nuestro capitalismo, que se ha dejado muchos jirones en intereses creados con mando y plaza en el BOE. Lo que necesita España es lo contrario, más acceso a las oportunidades, recuperar el concepto de equidad, que da sustento a todo el edificio no sólo económico, sino también democrático. Eso incluye, por cierto, una reforma fiscal capaz de recaudar más sin lastrar siempre a los mismos, es decir, a las rentas del trabajador. Más base imponible y menos deducciones producto de los grupos de presión organizados y con influencia en la política española. ¿Y en Canarias? Hay una medida que figura en la agenda de nuestro Régimen Económico y Fiscal, ese que estamos reformando para impulsar la creación de empleo en el Archipiélago. Es la bonificación del 50% en las cuotas de la Seguridad Social para los trabajadores residentes en las Islas, tal y como se hace, por ejemplo, en Ceuta y Melilla. Es una medida de impulso de la demanda de primer orden, pues hace más competitivo el empleo sin perder poder adquisitivo, que ya tenemos en Canarias los salarios más bajos de media de todo el territorio español. Y además es una medida perfectamente asumible por la caja única de la Seguridad Social, de la cual, por cierto, Canarias es un contribuyente neto gracias a su pirámide poblacional. Es un asunto crucial que merece un consenso político y social firme.

Propaganda versus realidad

Artículo publicado el pasado día 3, lunes, en Diario de Avisos.

El alegato, absolutamente previsible, de Mariano Rajoy en el Debate sobre el Estado de la Nación señala a la recuperación económica como gran activo del PP dos años y medio después de haber alcanzado el poder con mayoría absoluta. Tras haber volatilizado desde primera hora su programa electoral, porque esta crisis no tenía ni tiene nada que ver con la de los años noventa, el presidente del Gobierno central se encomienda a los señuelos: promete que la creación de empleo volverá, aunque no se sabe cuánto ni sobre todo cuándo; anuncia rebajas de impuestos para, claro está, el año electoral, aunque el endeudamiento del Reino de España no ha dejado de crecer y alcanza ya registros récord. La mejoría en la prima de riesgo, por la acción coordinada del Banco Central Europeo, es un buen argumento, pero no sienta las bases de la recuperación económica. Para lograrlo son precisas medidas de corte expansivo a escala comunitaria que el Gobierno alemán, muy satisfecho con su déficit cero, no está dispuesto a permitir. Ahora mismo el triunfalismo del PP está poco justificado: lo peor ha pasado, el rescate ya no es una amenaza, para empezar porque no lo es para ningún Estado de la zona euro. Pero el resto de indicadores se mantiene igual, y lo peor es que estarán así durante bastante tiempo. No hay un crecimiento de la demanda interna en perspectiva, si acaso las empresas ya han producido su devaluación interna -menores márgenes, menos empleados-, y sin duda es el sector financiero el mayor beneficiado por las medidas anticrisis tomadas en España y Europa. Cruel paradoja: el auxilio más consistente, la gran medida intervencionista del mandato de Rajoy, han sido los 40.000 millones de euros que la UE nos ha prestado a todos -somos todos los españoles los obligados a pagar la factura,con sus correspondientes intereses- para sanear los errores de la etapa precedente. Esta mochila habrá que soltarla poco a poco, con un enorme sacrificio colectivo que a su vez compromete el vigor de esa recuperación económica tan endeble como bien publicitada. Hay múltiples ejemplos de recesiones que no vienen continuadas por un frenesí del crecimiento, sino con una década entera de comportamiento letárgico de la economía. Y las reformas que podrían evitarlo, las de verdad, las que se tienen que adoptar en Berlín, Bruselas, Fráncfort y Madrid, están muy lejos de la agenda política. Es entendible el empeño de Rajoy por explicarse a sí mismo como el hombre que evitó el desastre; desde el punto de vista electoral, se trata de un recurso obvio. Pero, experto como es, debe conocer la clamorosa discrepancia entre propaganda y realidad.