El revés y el derecho: la desigualdad, esa lacra

Esto es lo que escribí a Juan Cruz, y acto seguido su respuesta, en la edición dominical de Diario de Avisos del 4 de mayo de 2014.

El naufragio del casino – Por Juan Manuel Bethencourt

Canta la fanfarria política que la crisis ha terminado y que, gracias a las curas de caballo implementadas en 2012 y 2013, se pudo evitar el rescate de España y, eventualmente, un sacrificio aún mayor. Este, querido Juan, es un ardid tan viejo como el tiempo: la amenaza de un dolor superior es un poderoso incentivo para tolerar el sufrimiento presente. Es cierto que España, en su conjunto, no fue rescatada; lo fue su sistema financiero, drogado por los excesos que todos contemplamos y nadie frenó, y la factura ha salido por 40.000 millones de euros que en efecto puso Europa, pero a préstamo que pagarán no los propios bancos salvados del naufragio, sino todos los españoles a tocateja y con el correspondiente tipo de interés. De modo que al final fueron los propios españoles los que rescataron a su aristocracia económica, a los poderosos que dirigen las grandes corporaciones, y todo ello sin que se haya producido una mínima autocrítica desde las altas esferas. El resultado de todo ello es la consolidación de la teoría del riesgo moral: si estoy en lo más granado del casino financiero y me lo juego todo, lo hago en la certeza de que alguien vendrá a auxiliarme para evitar la caída, de modo que arriesgo una y otra vez, porque si gano soy un genio y si pierdo sólo soy otro banquero rescatado por los sufridos contribuyentes. España es, hoy, el país del primer mundo que muestra un mayor crecimiento de la desigualdad, lo cual supone la quiebra del papel redistribuidor, no de dinero sino de oportunidades, que se supone en la base del Estado Social de Derecho y de la democracia misma. Un economista francés teoriza sobre ello en un libro que bate récords de venta en su versión inglesa. Ese economista es Thomas Piketty, y el ensayo se titula El capital en el siglo XXI. Creo que se trata de una lectura recomendable, como lo es ese anunciado nuevo libro de Juan Ignacio Crespo, ciertamente un analista económico brillante, en el que describe el mundo excesivo de nuestras fenecidas cajas de ahorros.

El precio de vivir – Por Juan Cruz

Vengo de Argentina, donde ahora todo cuesta más caro. Y antes volví de México, donde decía el gran cantante José Alfredo Jiménez que la vida no vale nada. En la posguerra nuestra, ya sabes, vivir era sobrevivir. Los caciques y los ricos vivían bien, nos daban regalos a los niños pobres; ser pobre era, también, aceptar que te lo dijeran, que te lo pusieran de manifiesto. La pobreza ha cambiado de signo; ya no son pobres sólo los que son rematadamente pobres. En aquel tiempo, cuando ser pobre era además no tener derecho a decirlo, había una sola clase de pobres, los pobres de solemnidad, aquellos que debían estar callados como pobres. El silencio era parte de la pobreza. Ahora han cambiado las cosas. La democracia tuvo una época de esplendor económico, se equilibraron los ingresos y se equilibraron los derechos; ya se podía protestar, ya se podía ir a la educación pública, se podía ir a los hospitales, se podía confiar en lo público. Un país es rico, o justo, cuando lo público no es la caridad sino el derecho a utilizar lo público. Entiendo lo que dices, me fijo en las estadísticas, que escalofrían. El domingo le expliqué a un político argentino cuál es el porcentaje de jóvenes sin empleo y le dije la verdad, 55%; él entendió 95%. Me alarmó que considerara normal haber entendido eso; es decir, consideró que eso era posible. Lo peor de ese porcentaje (55%) no es que exista, que ya es grave, sino que aumente, y que aumente incluso hasta los niveles que creía posibles mi amigo argentino. Allí observé que hay billetes de cada una de las monedas, prácticamente. Me fijé, también, que la gente cuenta hasta las propinas. Cuando volví a Madrid me descubrí haciendo lo mismo, contando moneda a moneda a ver si llegaba para pagar el transporte. La pobreza llega cuando empiezas a contar y no llegas; estamos en ese punto, hemos dejado de ser tan confiados con las monedas y hemos empezado a desconfiar de la vuelta que te dan en los taxis y en las guaguas. Somos más pobres; ahora toca abrocharse la esperanza para que ésta no se te desparrame.

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